1. Después de más de dos décadas de trayectoria, ¿cómo dirías que ha evolucionado la manera de entender la formación en Cataluña? ¿Qué cambios han sido los más significativos?
Creo que hemos pasado de una concepción de la formación como una etapa de la vida a entenderla como un proceso continuo. Hace veinte años todavía pensábamos que primero nos formábamos y después trabajábamos. Hoy eso ya no es así. Aprender forma parte de la vida profesional.
También hemos vivido una transformación muy importante en la manera de acceder al conocimiento. Hemos pasado de un modelo centrado en la transmisión a otro en el que el conocimiento es abundante y está permanentemente disponible. Esto obliga a replantear el papel de los centros educativos, de sus equipos directivos y de los formadores.
Ahora bien, el cambio más profundo no es tecnológico, sino pedagógico. El valor ya no consiste en acumular información, sino en saber interpretarla, contrastarla, verificarla, aplicarla y convertirla en criterio. Esa es, probablemente, la gran competencia del siglo XXI.
2. ¿Qué ventajas y qué retos supone tener tanta información al alcance a la hora de formarse?
Nunca había sido tan fácil acceder al conocimiento. Cualquier persona puede aprender casi cualquier cosa desde cualquier lugar. Esto es extraordinario y democratiza muchas oportunidades.
Pero también genera un riesgo evidente: confundir información con conocimiento. Tener muchos datos no significa comprenderlos. Y mucho menos saber utilizarlos e interpretarlos. Habrá que hacer esfuerzos en este sentido. Por eso creo que hoy la alfabetización más importante consiste en aprender a discriminar fuentes, verificar evidencias, detectar sesgos y construir un criterio propio. Tener estrategias y recursos. Y pensar, saber pensar.
En un mundo saturado de información, el pensamiento crítico deja de ser un complemento para convertirse en una necesidad. Debemos tener, ahora más que nunca, una sólida base cultural, humanística y filosófica.
3. Hay quien afirma que la inteligencia artificial hará innecesaria parte de la formación tradicional. ¿Compartes esa visión o crees que, precisamente ahora, formarse será más importante que nunca?
Yo diría exactamente lo contrario: la inteligencia artificial hace que formarse sea más necesario que nunca.
La IA automatizará muchas tareas, pero no sustituye el juicio, la responsabilidad, la creatividad ni la capacidad de tomar decisiones complejas. De hecho, cuanto más capaces sean los sistemas, más preparadas deberán estar las personas para utilizarlos con criterio. Cuanta más IA, mayor responsabilidad humana.
El reto no es competir contra la IA, sino aprender a trabajar con ella sin delegar en ella aquello que es esencialmente humano. La educación deberá dedicar menos tiempo a la reproducción de información y mucho más al desarrollo del discernimiento, de la ética y del pensamiento crítico.
4. En un contexto en el que las competencias profesionales evolucionan constantemente, ¿qué papel crees que desempeñan el reskilling y el upskilling? ¿Qué competencias consideras más importantes para afrontar los nuevos retos laborales?
Creo que dejarán de ser conceptos excepcionales para convertirse en una práctica habitual. Ya no hablaremos tanto de reciclarnos puntualmente como de mantenernos en un aprendizaje permanente.
Naturalmente, habrá competencias técnicas que irán cambiando, especialmente las relacionadas con la IA y la transformación digital. Pero las competencias más valiosas seguirán siendo profundamente humanas: paciencia, esperanza, empatía, compasión, creatividad…
También me refiero a saber aprender, adaptarse, comunicarse, trabajar con otras personas, pensar críticamente, actuar con responsabilidad y mantener una actitud y una mente muy abiertas ante el cambio. La tecnología evoluciona muy rápido; las personas necesitamos desarrollar y potenciar aquellas capacidades humanas que nos permiten dar sentido a esa evolución.
5. Desde tu experiencia investigando la relación entre pedagogía, sociedad y tecnología, ¿cómo imaginas que será la formación dentro de diez años? ¿Qué cambiará y qué crees que debería mantenerse intacto?
Seguramente veremos una formación mucho más personalizada gracias a la capacidad de individualización algorítmica de la inteligencia artificial. Los itinerarios serán más flexibles, el acompañamiento más adaptativo y dispondremos de herramientas capaces de ayudarnos a aprender de una manera mucho más eficiente.
Pero espero que haya cosas que no cambien nunca.
La relación educativa y pedagógica debe seguir siendo insustituible. Aprendemos con las personas, con los demás; nos construimos con ellos y no solo con plataformas. Seguiremos necesitando maestros y formadores que inspiren, orienten, tutelen, formulen buenas preguntas y ayuden a construir criterio. Probablemente, la figura del tutor o del mentor irá adquiriendo cada vez más relevancia. Y no todo el mundo es capaz de desempeñar ese papel adecuadamente.
Si hay algo que deberíamos preservar es la idea de que educar no consiste únicamente en transmitir conocimiento, sino en formar y acompañar a personas capaces de comprender el mundo, convivir en él, transformarlo y habitarlo de manera responsable.
6. El lema de Autoocupació es «Soy lo que quiero ser». ¿Y tú? ¿Lo eres?
Me considero muy afortunado porque he podido convertir la curiosidad y la ilusión en mi profesión.
Me considero una persona apasionada por mi trabajo. Me gusta investigar, enseñar, escribir y dialogar con docentes, instituciones y responsables educativos sobre los grandes retos de la educación. Sigo aprendiendo cada día, y probablemente eso es lo que mejor me define.
Por tanto, sí: me siento muy identificado con ese lema. Pero añadiría un pequeño matiz: «Soy lo que sigo aprendiendo a ser». Porque creo que la mejor definición de una persona es su capacidad para seguir aprendiendo y mejorando a lo largo de toda la vida.
Y, como reflexión final, en palabras de Goethe: «Si tratas a un individuo como es, permanecerá como es. Pero si lo tratas como si fuera lo que debería ser y pudiera ser, se convertirá en lo que debería ser y pudiera ser».